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Valencia tiene olor a pólvora

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Valencia tiene olor a pólvora, pero solo en el mes de marzo. Resulta que hace ya más de dos siglos que se celebran las Fallas (por lo menos desde que hay registro). Esta festividad, que se combina con la celebración de San José, ha sido declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2016. Se celebra alrededor del 19 de marzo de cada año y es la manera de dar la bienvenida a la primavera en Valencia. Durante el festejo, se realizan los llamados mascletà , que son espectáculos pirotécnicos en los cuales el sonido de las explosiones tiene un lugar primordial. A los valencianos les gusta hacer ruido… Pero la figura principal de esta celebración no es la pirotecnia, sino los Ninots . " Ninot " significa muñeco en valenciano y hace referencia a los personajes que se construyen para luego ser quemados el último día de la celebración. Una de las versiones sobre el origen de esta práctica cuenta que los carpinteros iniciaron esta tradición ya que, luego de l...

Freetour

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Me divierte descubrir nuevas ciudades. Encontrar pasadizos escondidos y aprender datos curiosos que hacen único a cada lugar. La esencia de cada pueblo se ve en sus calles, en sus negocios, en su comida, en su gente y hasta en los animales que merodean por los rincones. Y, si bien un viajero de paso nunca termina de reconocer la identidad de los caminos que recorre, sí creo que va juntando datos y sentires que se ordenan en formato de recuerdos. En cada nueva aventura se confunden las ideas y lo conocido se entremezcla con los olores, sabores, sensaciones y pasos caminados al azar a lo largo de calles desconocidas. Así como en un "freetour" que ofrece perspectivas y un recorte selectivo de lo que compone a un lugar, las siguientes publicaciones funcionarán a modo de bitácora. Serán un intento desesperado de dejar registro de lo recorrido, sin otra intención más que funcionar como recordatorio para cuando la memoria quiera negar caminos ya conocidos. No hay expectativas ni exi...

Un mar de péndulos

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Uno se olvida de lo especiales que son las cosas cuando las tiene muy cerca. Lo habitual, lo cotidiano, lo “normal” se convierte en lo que siempre está. Y perdemos la perspectiva. Ya no vemos el cuadro completo así como tampoco nos acordamos de la impermanencia que caracteriza a cada aspecto de la vida. Paisajes, personas, momentos, estados, todo puede desaparecer. Y nos parece obvio, pero en el día a día nos olvidamos. Y evitamos el camino largo aunque nos deje apreciar el paisaje. Y no nos juntamos porque hay cosas más urgentes. Y nos estresamos porque podemos hacer demasiadas cosas pero la libertad nos abruma. Sin embargo, enfocarse en lo poco conscientes que somos sobre estos aspectos de la vida es contraproducente porque podemos desarrollar una obsesión tal por disfrutar cada momento, que nos puede llevar a una frustración constante. La vida es un complejo juego de equilibrio. Muchos años de mi vida me esforcé por encontrar máximas que me permitieran vivir mi mejor vida... Me...

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Tenía que estar todo acomodado. Nadie podía saber que dentro de la habitación, las cosas ya no encontraban su lugar. Te tomaste 30 minutos para dejar todo perfectamente ordenado, aún sabiendo que no era necesario. La ropa doblada, las sábanas estiradas, todas tus pertenencias en el baño perfectamente ubicadas. No abriste ningún cajón, ya tenías mucha experiencia en guardar las cosas a tu manera. Vivías en esa habitación y era tu refugio. No se aceptaban invasores, incluso aquellos con las mejores intenciones. Todo aquel ajeno a tu vida tenía que ver la fachada. La máscara de perfección. Nadie podía conocer tu frustración y aquello que tanto te impedía disfrutar la ocasión. Te encontrabas en un viaje disfrazado de regalo para esconder los conflictos que amenazaban la relación. Un matrimonio de tantos años que ya no podía disolverse. No era una cuestión de amor ni de moral, era una cuestión estratégica. Ya había pasado el momento de armar una vida en soledad; ahora, uno dependía del o...

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Lo tenía muy claro, conocía qué recursos usar para que cada espacio se convirtiera en hogar. Había llevado lo necesario y se disponía a dejar todo en su lugar. Su vela favorita ya ocupaba el centro de la mesa, rodeada de cuatro piedras que representaban a cada elemento. Todas sus pertenencias estaban guardadas de la forma más ordenada posible. Arriba de la cama, su libro favorito la esperaba. Y en la mesita de luz, una crema para las manos que no quería olvidarse de usar. Tenía experiencia adaptándose a nuevas habitaciones. Ya no importaba el tamaño de la cama, el espacio de guardado o la vista. Era capaz de sentirse cómoda en cualquier lugar. Había sido un camino largo, lleno de pequeños descubrimientos, como por ejemplo, la importancia de respirar cada momento. Tenía identificados aquellos objetos que le brindaban confort y sabía cuáles debía evitar. Conocía las rutinas apropiadas para cada estado de ánimo y armaba sus propios rituales diarios. Una playlist para escuchar cada maña...

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Los cuatro respondieron al llamado de la puerta. Ninguno atinó a hablar, no sabían muy bien cómo proseguir. Todo era un mundo nuevo y aún no conocían el protocolo. Como niños, observaban la situación con la inocencia de quien descubre un nuevo juego pero aún no conoce las reglas. Casi al mismo tiempo, entendieron la pregunta; sólo uno de ellos se animó a hablar: - “Bajamos a desayunar en un minuto”. La frase despertó a los demás que se apuraron en buscar sus abrigos y celulares para ir al restaurant. Todos sonreían y se movían más rápido de lo que debían para no hacer esperar al personal. Pasaban los 80 años y se conocían desde hacía más de la mitad de su vida. Los dos matrimonios habían alcanzado una edad en la cual ya no sentían la presión de cuidar el dinero. Habían acumulado lo suficiente como para que les alcanzara para solventar los años que les quedaban por vivir. Ya no hacían cálculos ni se privaban de hacer los regalos que deseaban hacer. Así como tampoco, esperaban para...

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Los esquís ocupando el poco espacio libre en la habitación y la ropa tirada encima de todo. El orden no era la característica adecuada para describir la escena pero tampoco era un problema en esa ocasión; no era lo importante, a ambos les daba igual. Se cambiaron rápido y dejaron la habitación para aprovechar el día. Ya dejaron preparada una bolsa con comida, que quedaría en el mismo lugar hasta la hora de la cena,  y unas cervezas enfriándose en el balcón esperando a la celebración de esa noche. Habían pasado los años y la vida seguía reuniéndolos. Se conocían desde hace más de una década pero vivían en diferentes continentes; por eso, cada año elegían un lugar distinto para celebrar la amistad. Habían llegado a un punto de sus vidas en el que podían permitírselo. Después de mucho tiempo de anhelar el próximo reencuentro sin planes concretos, ahora ellos decidían la fecha de cada reunión. Y así, cada año comprobaban que el tiempo sin verse dejaba de ser un parámetro para medir...